17 junio 2017

Crónicas Argentinas – Ariel: el fotógrafo de la salsa.




Tardé bastante en publicar esta entrada, pero no por falta de iniciativa o de temas, sino porque hemos tenido una semana complicada, con mucho trabajo, y además porque mi otro proyecto web, Manicomio Nacional también exige tiempo.


Pero acá estamos. Le debemos esta crónica a los compañeros con los que hemos compartido sabrosos momentos en Buenos Aires. Por supuesto, debemos empezar con Luis y Charlotte, quienes nos recibieron en su casa apenas llegamos, nos ofrecieron el primer refugio y fueron el primer contacto con la realidad porteña.


Luis, Charlotte y el pequeño Mathías. Mil gracias.



Tras una noche mal dormida, el domingo 8 de mayo en la mañana salimos Luis y yo a comprar algunas cosas y por supuesto yo estaba totalmente perdido. En ese momento tuvimos nuestro primer contacto con la medialuna, el dulce de leche y las facturas como parte de un desayuno. Es extremadamente raro en Venezuela desayunar cosas dulces, excepto el café, que se suele endulzar,



Por supuesto esa no ha sido la única comida porteña. Poco después nos atracamos con el costillar de cerdo, probamos la pizza bonaerense, fuimos a La Ópera con Sandrita y luego empezamos a comer en casa. A los sabores propios de los ingredientes de la comida argentina se sumaron los condimentos y nuestra forma de cocinar.


La pasta quedó exquisita.


Hemos vuelto al pollo con pimienta y curry que hacíamos en La Candelaria, también a las carnes en parrilla, así como a las deliciosas ensaladas que hace Natasha. Aunque no son muy comunes las ventas de mariscos, en el mercado se consiguen camarones, así que también hicimos pasta con salsa de camarones y queso parmesano. Uff...


Hacía mucho tiempo que no comíamos salmón


Un delicioso descubrimiento fue el de una feria que se instala cerca de la casa los miércoles y sábados y cuyo mayor atractivo para nosotros es el puesto del pescadero. De allí han surgido almuerzos deliciosos: con trucha y con salmón. No se ha quedado atrás la carne de soya, que ayuda a balancear el consumo de carnes y también el presupuesto. 







Ariel y la Güerrín




Una salida memorable fue a la pizzería Güerrín. Así, con diéresis. A pesar de que la escritura indica que el local se llama GU – E – RRIN, lo cierto es que todo el mundo la llama Guerrín. Hasta allí fuimos bajo la mano cómplice de Ariel Till, otro compañero de la Tropa Argentina, extraordinario fotógrafo, de los que aún trabaja con química y no en digital, y cuyas estupendas opiniones en torno al mundo de la fotografía pueden leerse en el portal Las Nueve Musas.


Todo analógico, excepto el reloj...



La pizzería Güerrín, al igual que la Ópera, es un establecimiento con más de 80 años. En este caso se trata de un local enorme en la avenida Corrientes, a tres cuadras al oeste del gigantesco obelisco de la avenida 9 de Julio, también gigantesca. Abro un paréntesis: con sus 6 canales por cada lado, la avenida 9 de Julio es tan importante y tan amplia, que la noticia del cierre de esa vía aparece en un comercial de vino como una verdadera desgracia. Cierro el paréntesis.


La gente hace filas para comer cortes de pizza.



Nos habíamos conseguido con Ariel en Puerto Madero, cerca de su trabajo. Nos debíamos el encuentro desde hace unos 10 años, cuando él estuvo en Venezuela y nos comimos unas arepas con sus soleras (cervezas venezolanas) en el mítico Misia Jacinta, restaurant que da la bienvenida a El Rosal, en Caracas. Por aquella época no cerraba nunca; atendía las 24 horas, pero ahora cierra a la 1 de la mañana o más tarde los fines de semana.


Como Puerto Madero es zona es turística y extremadamente costosa, decidimos movernos de ahí hacia otra parte de la ciudad con menos ínfulas y en la que nuestros bolsillos sufriesen menos al sentarnos a tomar café. Caminamos en dirección a Microcentro, por Sáenz Peña, la diagonal que conecta Plaza de Mayo con el gran obelisco.


Al llegar a 9 de Julio Ariel nos enseñó un truco que no conocíamos: usamos la estación del subte como pasadizo y así llegamos al otro lado de la calle sin tener que esperar semáforos. Parece una tontería, pero el Subte argentino no es igual que el Metro de Caracas, hay estaciones en las que no puedes pasar de un lado a otro sin pagar el pasaje, porque hay que atravesar el andén. Esta no es de esas.

Hay que tener huevos...




Como siempre, llegamos a la Güerrín dispuestos a todo. Ariel, que es habitué del local, nos recomendó una pizza que nos sonó muy, muy rara: pizza de huevos fritos. Nosotros teníamos ganas de comer pizza con mariscos (de nuestras favoritas), así que acordamos una pizza dividida a mitades, una mitad de mariscos y la otra de huevos fritos. La bomba se aderezó -no podía ser de otra manera- con cerveza de sifón. Una jarra de un litro bastó para los dos. Los dos, porque nuestro querido fotógrafo no toma alcohol.



Pero Ariel tenía un as bajo la manga: cuando el mesonero (aquí son mozos) se acercó, le preguntó si tenían fainá. Yo inmediatamente, con el Caribe encendido, pensé en la Fania, el sello disquero con el que grabaron Héctor Lavoe, Willie Colón, Ismael Miranda, Cheo Feliciano, en fin, casi todos los artistas de la época dorada del son, el guaguancó, la plena, la bomba y en fin, todo ese conglomerado antillano al que un venezolano, el bigotón Fidias Danilo Escalona, bautizó sin querer con el nombre de "Salsa". Fania funché, fania funché, dice la canción...

La tal fainá, por consiguiente, para mi fantasioso cerebro que vive conectando cosas aleatoriamente, debía ser una salsa. Pero no. Ariel nos explicó que la fainá es una masa que se hace con base en garbanzos, lo cual me hizo recordar el falafel árabe. Pero no, tampoco era. Tocaba esperar.


Pizza napolitana con fainá encima.



La fainá es, efectivamente, una masa de garbanzo, parecida a la masa de una arepa pero mas flexible y de grano más grueso (tranquilo Ariel, no hablo de fotografía), con un sabor intermedio entre el falafel y la misma arepa. Se coloca sobre la pizza y con esto se convierte cada pedazo en un sandwich que por un lado tiene la pizza, con su relleno fabuloso, y una tapa de fainá. Impresionante.


La llegada de la pizza fue fastuosa. Un círculo saporífero realmente grande, con queso que chorreaba por los laterales, invadiendo la tabla e incluso la mesa, con una mitad aderezada de calamares y la otra igualmente rebosante en queso, pero además cubierta por no sé cuántos huevos fritos. No los conté. Encima, la fainá.


Ariel debe haberse asustado al vernos a Natasha y a mí devorar los pedazos de pizza uno tras otro. Él también comió, pero contra nuestra voracidad es difícil competir. Estoy seguro de que si el colesterol en el organismo humano pudiera fotografiarse con instrumental simple, nuestro compañero se hubiera dado banquete. Fue una cena opípara.






Inédito: pizza de huevos fritos.



La sobremesa fue estupenda, hablamos de todo un poco, y acomodamos el mundo. Intentamos establecer la fecha exacta en la que nos vimos en Caracas pero fue imposible. Hicimos una buena conversa que se extendió hasta que la hora indicó que era prudente salir, antes de que cerraran el Subte, porque nosotros aún estábamos muy jojotos como para saber qué bus nos lleva a casa.


ACLARATORIA IMPORTANTE:


Jojoto: mazorca de maíz tierno, inmaduro. Se usa en Venezuela para indicar que algo es muy joven, y por extensión, inexperto. Se usa así: “él ya hace su trabajo, pero está muy jojoto, tiene que ganar experiencia”, o “¿cómo que María se va a casar, si lo que tiene son 18 años? ¡está muy jojota!”…


En fin, la noche estaba jojota pero al día siguiente había que laburar, así que al pobre Ariel le tocó un viaje largo en bus, mientras que nosotros llegamos enseguida a casa. La ubicación del apartamento es muy buena, sobre la Línea A del Subte, y eso siempre es una gran ventaja.

Pronto les contaremos acerca de otro encuentro maravilloso…



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