17 junio 2017

Crónicas Argentinas – Ariel: el fotógrafo de la salsa.




Tardé bastante en publicar esta entrada, pero no por falta de iniciativa o de temas, sino porque hemos tenido una semana complicada, con mucho trabajo, y además porque mi otro proyecto web, Manicomio Nacional también exige tiempo.


Pero acá estamos. Le debemos esta crónica a los compañeros con los que hemos compartido sabrosos momentos en Buenos Aires. Por supuesto, debemos empezar con Luis y Charlotte, quienes nos recibieron en su casa apenas llegamos, nos ofrecieron el primer refugio y fueron el primer contacto con la realidad porteña.


Luis, Charlotte y el pequeño Mathías. Mil gracias.



Tras una noche mal dormida, el domingo 8 de mayo en la mañana salimos Luis y yo a comprar algunas cosas y por supuesto yo estaba totalmente perdido. En ese momento tuvimos nuestro primer contacto con la medialuna, el dulce de leche y las facturas como parte de un desayuno. Es extremadamente raro en Venezuela desayunar cosas dulces, excepto el café, que se suele endulzar,



Por supuesto esa no ha sido la única comida porteña. Poco después nos atracamos con el costillar de cerdo, probamos la pizza bonaerense, fuimos a La Ópera con Sandrita y luego empezamos a comer en casa. A los sabores propios de los ingredientes de la comida argentina se sumaron los condimentos y nuestra forma de cocinar.


La pasta quedó exquisita.


Hemos vuelto al pollo con pimienta y curry que hacíamos en La Candelaria, también a las carnes en parrilla, así como a las deliciosas ensaladas que hace Natasha. Aunque no son muy comunes las ventas de mariscos, en el mercado se consiguen camarones, así que también hicimos pasta con salsa de camarones y queso parmesano. Uff...


Hacía mucho tiempo que no comíamos salmón


Un delicioso descubrimiento fue el de una feria que se instala cerca de la casa los miércoles y sábados y cuyo mayor atractivo para nosotros es el puesto del pescadero. De allí han surgido almuerzos deliciosos: con trucha y con salmón. No se ha quedado atrás la carne de soya, que ayuda a balancear el consumo de carnes y también el presupuesto. 







Ariel y la Güerrín




Una salida memorable fue a la pizzería Güerrín. Así, con diéresis. A pesar de que la escritura indica que el local se llama GU – E – RRIN, lo cierto es que todo el mundo la llama Guerrín. Hasta allí fuimos bajo la mano cómplice de Ariel Till, otro compañero de la Tropa Argentina, extraordinario fotógrafo, de los que aún trabaja con química y no en digital, y cuyas estupendas opiniones en torno al mundo de la fotografía pueden leerse en el portal Las Nueve Musas.


Todo analógico, excepto el reloj...



La pizzería Güerrín, al igual que la Ópera, es un establecimiento con más de 80 años. En este caso se trata de un local enorme en la avenida Corrientes, a tres cuadras al oeste del gigantesco obelisco de la avenida 9 de Julio, también gigantesca. Abro un paréntesis: con sus 6 canales por cada lado, la avenida 9 de Julio es tan importante y tan amplia, que la noticia del cierre de esa vía aparece en un comercial de vino como una verdadera desgracia. Cierro el paréntesis.


La gente hace filas para comer cortes de pizza.



Nos habíamos conseguido con Ariel en Puerto Madero, cerca de su trabajo. Nos debíamos el encuentro desde hace unos 10 años, cuando él estuvo en Venezuela y nos comimos unas arepas con sus soleras (cervezas venezolanas) en el mítico Misia Jacinta, restaurant que da la bienvenida a El Rosal, en Caracas. Por aquella época no cerraba nunca; atendía las 24 horas, pero ahora cierra a la 1 de la mañana o más tarde los fines de semana.


Como Puerto Madero es zona es turística y extremadamente costosa, decidimos movernos de ahí hacia otra parte de la ciudad con menos ínfulas y en la que nuestros bolsillos sufriesen menos al sentarnos a tomar café. Caminamos en dirección a Microcentro, por Sáenz Peña, la diagonal que conecta Plaza de Mayo con el gran obelisco.


Al llegar a 9 de Julio Ariel nos enseñó un truco que no conocíamos: usamos la estación del subte como pasadizo y así llegamos al otro lado de la calle sin tener que esperar semáforos. Parece una tontería, pero el Subte argentino no es igual que el Metro de Caracas, hay estaciones en las que no puedes pasar de un lado a otro sin pagar el pasaje, porque hay que atravesar el andén. Esta no es de esas.

Hay que tener huevos...




Como siempre, llegamos a la Güerrín dispuestos a todo. Ariel, que es habitué del local, nos recomendó una pizza que nos sonó muy, muy rara: pizza de huevos fritos. Nosotros teníamos ganas de comer pizza con mariscos (de nuestras favoritas), así que acordamos una pizza dividida a mitades, una mitad de mariscos y la otra de huevos fritos. La bomba se aderezó -no podía ser de otra manera- con cerveza de sifón. Una jarra de un litro bastó para los dos. Los dos, porque nuestro querido fotógrafo no toma alcohol.



Pero Ariel tenía un as bajo la manga: cuando el mesonero (aquí son mozos) se acercó, le preguntó si tenían fainá. Yo inmediatamente, con el Caribe encendido, pensé en la Fania, el sello disquero con el que grabaron Héctor Lavoe, Willie Colón, Ismael Miranda, Cheo Feliciano, en fin, casi todos los artistas de la época dorada del son, el guaguancó, la plena, la bomba y en fin, todo ese conglomerado antillano al que un venezolano, el bigotón Fidias Danilo Escalona, bautizó sin querer con el nombre de "Salsa". Fania funché, fania funché, dice la canción...

La tal fainá, por consiguiente, para mi fantasioso cerebro que vive conectando cosas aleatoriamente, debía ser una salsa. Pero no. Ariel nos explicó que la fainá es una masa que se hace con base en garbanzos, lo cual me hizo recordar el falafel árabe. Pero no, tampoco era. Tocaba esperar.


Pizza napolitana con fainá encima.



La fainá es, efectivamente, una masa de garbanzo, parecida a la masa de una arepa pero mas flexible y de grano más grueso (tranquilo Ariel, no hablo de fotografía), con un sabor intermedio entre el falafel y la misma arepa. Se coloca sobre la pizza y con esto se convierte cada pedazo en un sandwich que por un lado tiene la pizza, con su relleno fabuloso, y una tapa de fainá. Impresionante.


La llegada de la pizza fue fastuosa. Un círculo saporífero realmente grande, con queso que chorreaba por los laterales, invadiendo la tabla e incluso la mesa, con una mitad aderezada de calamares y la otra igualmente rebosante en queso, pero además cubierta por no sé cuántos huevos fritos. No los conté. Encima, la fainá.


Ariel debe haberse asustado al vernos a Natasha y a mí devorar los pedazos de pizza uno tras otro. Él también comió, pero contra nuestra voracidad es difícil competir. Estoy seguro de que si el colesterol en el organismo humano pudiera fotografiarse con instrumental simple, nuestro compañero se hubiera dado banquete. Fue una cena opípara.






Inédito: pizza de huevos fritos.



La sobremesa fue estupenda, hablamos de todo un poco, y acomodamos el mundo. Intentamos establecer la fecha exacta en la que nos vimos en Caracas pero fue imposible. Hicimos una buena conversa que se extendió hasta que la hora indicó que era prudente salir, antes de que cerraran el Subte, porque nosotros aún estábamos muy jojotos como para saber qué bus nos lleva a casa.


ACLARATORIA IMPORTANTE:


Jojoto: mazorca de maíz tierno, inmaduro. Se usa en Venezuela para indicar que algo es muy joven, y por extensión, inexperto. Se usa así: “él ya hace su trabajo, pero está muy jojoto, tiene que ganar experiencia”, o “¿cómo que María se va a casar, si lo que tiene son 18 años? ¡está muy jojota!”…


En fin, la noche estaba jojota pero al día siguiente había que laburar, así que al pobre Ariel le tocó un viaje largo en bus, mientras que nosotros llegamos enseguida a casa. La ubicación del apartamento es muy buena, sobre la Línea A del Subte, y eso siempre es una gran ventaja.

Pronto les contaremos acerca de otro encuentro maravilloso…



09 junio 2017

Crónicas Argentinas – El cristal con que miramos



Ayer, 8 de junio, cumplimos nuestro primer mes en Buenos Aires. Hasta ahora lo hemos pasado muy bien y, como bien dice un amigo que conocimos hace poco, “el señor nos ha llevado por el dulce camino”. Es verdad, no nos hemos topado aún con las crudas realidades que indudablemente también forman parte de esta sociedad, o quizá le hemos pasado al lado sin notarlas demasiado.

La indigencia nos ha impresionado. La primera semana sólo vimos a dos personas en situación de calle y pensamos que eran pocos, pero al mudarnos a Balvanera notamos que son muchos más. Además, las condiciones que debe soportar un indigente en invierno deben ser tremendamente duras.


La indigencia ha crecido un 38% en Buenos Aires.


Todos, absolutamente todos los argentinos con los que hemos compartido alguna conversación más o menos larga y en la que se encaran temas sociales nos dicen lo mismo, que la cosa está difícil, que ha disminuido el comercio en los locales, que la inflación, que el 2x1.




Venezuela: la escasez de alimentos en su momento más álgido



Explico algunas cosas para los no argentinos. Es cierto que el comercio está experimentando un momento difícil: según leí en el diario La Nación de hoy, las ventas en los mercados han disminuido un 4%. El precio de las verduras es 16% más alto que el año pasado y particularmente el tomate ha subido mucho, un 40%.

Argentina: aspecto típico de una frutería.




Cuando llegamos, el dólar costaba 15,15 pesos. Hoy se cotiza en 15,8. Eso significa que en un mes el peso argentino ha perdido casi el 5% de su valor frente a la divisa norteamericana.

Por supuesto, lo que nos pasa es que comparamos con nuestra propia realidad inmediata. En Venezuela las ventas en los mercados de 2016 a 2017 disminuyeron en 50%, de acuerdo con los pocos estudios disponibles.

En Venezuela se ha hecho cotidiana -y deprimente- desde hace tres años, la imagen de las largas filas de gente para comprar alimentos de primera necesidad (muchas veces la gente no sabe qué producto llegó ese día), el día en que se distribuyen en los mercados. De hecho, la ausencia de las filas suele ser motivo de alerta.


La fila indica que al mercado llegó "algo".



Cuando salimos hacia Buenos Aires, el dólar paralelo se cotizaba a 4 mil 600 bolívares. Hoy cuesta 6 mil 780. Eso significa una desvalorización del bolívar equivalente al 47% en un mes. Pero habrá quienes me digan que el valor del paralelo no es un buen ejemplo.

Muy bien, tomemos el valor del Dicom, cambio oficial que se vende por medio de subastas.

Hace un mes, el valor del dólar Dicom era de 706 bolívares. Hoy, tras la segunda subasta, es de 2 mil 161 bolívares. De acuerdo con el valor oficial del dólar Dicom, la divisa no es 47% más costosa, sino 206% más costosa que hace un mes.

Comprenderán ahora los amigos argentinos que 4% de disminución de ventas o 5% de encarecimiento de la moneda nos resulten insignificantes, muy difíciles de notar, frente al cuadro insólito del que venimos, en el que los valores que encuentran gigantescos e inaceptables son 12 veces o hasta 50 veces menores que los de Venezuela.

No es que no podamos ver la realidad; es que en relación a nuestro propio proceso, respecto a nuestra realidad más reciente, esta realidad implica un alivio.



Un pueblo inocente



El 2x1 es un tema muy delicado y que conocemos mal. Sin embargo y como siempre, nos atreveremos. De acuerdo con lo que hemos averiguado, se trata de una ley que duplica el cómputo del tiempo de prisión a los presos que cumplen encierro preventivo. Es decir que si usted lleva un año de prisión sin sentencia firme, ese año vale por dos.

Explico un poco mejor. Supongamos que al Sr X se le aprisionó en 1995 y estuvo 2 años en prisión mientras se le seguía juicio. La sentencia firme ocurre en 1997. A efectos del ejemplo, supongamos que esos dos años fueron exactos. Si la sentencia finalmente es de 15 años, corresponde una rebaja de dos años, correspondiente a los que ya se cumplieron en prisión durante el juicio, con lo que quedarían 13 por cumplir. La ley del 2x1 duplicó el valor de los años previos a la sentencia, así que de los 15 años se rebajarían 4, quedando la sentencia en 11.

El objetivo, se supone, era aliviar el atraso procesal (este asunto sí lo conocemos bien en Venezuela), pero el resultado fue nulo (lógico, porque el cómputo sólo es aplicable una vez obtenida la sentencia firme) y el instrumento se derogó en el año 2001.

Increíblemente, el martes 10 de mayo el congreso de la República Argentina sancionó apresuradamente una ley que resucitaba la ley del 2x1, según me dicen, con el fin de beneficiar a algunos esbirros de la dictadura de Videla.

Afortunadamente en Venezuela la última dictadura terminó en 1958 y muy poca gente tiene recuerdos de los dislates cometidos en esos años.

Cementerio argentino en Las Malvinas.


La última guerra en que participó Argentina fue la de Las Malvinas, en 1982. La última guerra importante en Venezuela ocurrió en 1899, hace 118 años. Escasísimos venezolanos tienen idea de cómo es una guerra moderna. Sencillamente son cicatrices que no tenemos. Y en realidad tenemos pocas en relación a nuestros vecinos suramericanos.

Para nosotros es oscuro y asombroso encontrar en las calles bonaerenses placas metálicas que conmemoran la desaparición de Fulano de Tal, quien trabajó “aquí” hasta el día X. 


Todo está grabado en la memoria.




En ese sentido, somos aún un pueblo muy inocente. Quizá por eso somos tan desordenados. Quizá por eso algunos de mis compatriotas lanzan a los cuatro vientos la sentencia de que hay una dictadura en Venezuela.

Quizá es todo mucho más parejo y sólo tenemos un desfase temporal. Quizá todo radica en que usamos distintos cristales para mirar nuestras realidades.

07 junio 2017

Manicomio Nacional




Natasha y yo hemos notado con mucho asombro cómo la sociedad venezolana ha ido aceptando lenta pero inexorablemente situaciones que lesionan su desarrollo. Eso tiene que ver con la operación de factores que se benefician al producir caos en el país.



www.manicomionacional.com


Por ejemplo: si estacionamos un carro o una moto en la calle, aparecerá un señor que "nos cuidará" el vehículo hasta que volvamos. La mayoría tiene tarifa fija. ¿Nadie se pregunta por qué un particular debe cuidarnos el carro o la moto? ¿Por qué tendría que correr peligro el vehículo?

La respuesta es: "la inseguridad". La policía no cuida los carros o las motos, y lo peor es que si uno decidiera no hacerle caso al cuidador, es casi seguro que el carro aparece rayado o un espejo de la moto roto. Lección aprendida: hay que ceder al chantaje.

Y esa es sólo una de las cientos de cosas que están "mal puestas" en nuestra sociedad. Las hemos identificado desde hace varios meses en Facebook con la etiqueta #ManicomioNacional y poco a poco se hizo más y más popular esa etiqueta.

A fin de abrir un espacio para denunciar las cosas locas que ocurren y que debieran funcionar de forma normal, eso que Chávez llamó "el buen vivir", y que ahora se cuidan mucho de no mencionar, hemos abierto un nuevo espacio web, llamado Manicomio Nacional.

Visítanos haciendo clic AQUÍ.

04 junio 2017

Crónicas Argentinas – Los túneles encantados




Esta crónica se la debía a Buenos Aires de hace mucho rato. Se me ocurrió escribirla hace un par de semanas pero me fui enredando en más asuntos, como dice Silvio.

Como recordarán quienes leyeron las otras crónicas (si no lo han hecho, les recomiendo leerlas una por una y en orden), al llegar a Argentina (domingo 7 de mayo) nos alojamos en el apartamento de Pedro Mazzino, en la calle Gallo, en la zona de Palermo, que es muy costosa. El domingo 14 nos mudamos al lugar que ocupamos ahora, en la calle La Rioja, Balvanera, y que se parece mucho más a nuestro presupuesto real.

Una de las tiendas en Microcentro.



Lo cierto es que el domingo Pedro tenía que salir y nos dejó las llaves de su apartamento, diciéndonos que se la entregásemos luego. Se trata de un acto de confianza muy difícil de comprender en el contexto venezolano, pero poco a poco nos vamos acostumbrando. Igual, nos parece que la actitud de Pedro es sencillamente excepcional.

El lunes no pudimos vernos para entregarle las llaves, pero el martes hicimos un hueco en la apretadísima agenda (de él), que transcurre entre su oficina (cerca de Microcentro) y la zona del Congreso. Quedamos en vernos en su oficina.



Microcentro no está en el centro.


 Si vemos un mapa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), como se llama oficiamente, veremos que tiene la forma de un trapezoide irregular, una especie de triángulo romo. Hay una zona muy hacia el este (tanto que colinda con Puerto Madero), llamada San Nicolás. Allí se encuentra Microcentro.


Microcentro está muy al este en Buenos Aires.

Se trata de una cuadrícula de 8 cuadras por lado, entre la avenida De Mayo (sur), la avenida Córdoba (norte), la extra ancha avenida 9 de julio (oeste) y la av. Leandro Alem (este). En todo el centro del trazado nace la avenida Corrientes, que lleva directamente al famoso Obelisco de la 9 de julio. Además hay una avenida (la Sáenz Peña) que corre en diagonal y conecta ese obelisco con la Plaza de Mayo. Mejor vean el mapa.


Microcentro.


Para los venezolanos, Microcentro puede describirse como un intermedio entre el casco histórico central de Caracas y el bulevar de Sabana Grande en sus mejores tiempos. Hay allí edificios de valor histórico, pero a la vez se produce una intensa actividad comercial. La zona está pensada para e turismo y el tránsito vehicular está restringido en casi todas sus calles.


Esto sí es “underground”




Yo tenía que verme con Pedro en la avenida Corrientes, así que acudí nuevamente a google maps y descubrí que la forma más directa y sencilla de llegar era el Subte. Pero además, yo estaba loco por ver el famoso “metro de Buenos Aires”, uno de los más antiguos del mundo, fundado en diciembre de 1913. El Metro de Caracas se fundó en 1983 y siempre ha tenido un aspecto muy moderno, no así el de Buenos Aires, lo cual alimentaba mi curiosidad.


Los accesos indican a qué líneas se puede entrar por ellas.

El Subte está compuesto actualmente por 6 líneas en funcionamiento: A, B, C, D, E y H (la F, la G y la I se están construyendo), cada una identificada por un color distinto. La línea A es, lógicamente, la más antigua y se ha reservado para ella el color celeste, presente en la bandera nacional argentina. La red tiene unos 54 kilómetros de vías en total, pero al añadir las nuevas líneas puede llegar a 75 km. Todos los trenes son eléctricos pero según la línea varía el método: en todas las líneas excepto la B se usa una catenaria central. En la Línea B se combina ese sistema con el de riel central electrificado.


Mapa de vías actual.





Otro dato interesante es que las mascotas pueden viajar en el Subte, sin pagar pasaje adicional, aunque siempre en el último vagón. A tal efecto en las estaciones hay un área reservada para la espera con mascotas.


Las mascotas son bienvenidas.



Con el centenario del Subte, en 2013 se sustituyeron los últimos vagones de la etapa antigua que quedaban en servicio. Se trata de unos legendarios vagones de fabricación belga (ensamblados en 1912) que eran los más antiguos del mundo en funcionamiento. La gente iba al Subte a despedirse de los vagones y se hacían fotos con ellos; lamento no haberlos conocido: debe ser alucinante ingresar a un tren subterráneo y que esté construido de madera.


Las últimas oportunidades para ver los vagones. Foto: El Clarín.



Algunos de esos vagones históricos fueron subastados para recoger fondos y evitar que terminaran abandonados. La idea era que se montasen locales para la gastronomía en ellos. Aún no he averiguado en dónde se encuentran, pero eso es cuestión de tiempo.


Aspecto interno de los vagones de 1912.


A pesar de la modernización, las estaciones siguen teniendo en muchos aspectos un aire antiguo (como toda la ciudad), y no son frecuentes las escaleras mecánicas. Las 14 estaciones originales, de Plaza de Mayo a Plaza Miserere, conservan la estética original.


Los túneles de ingreso a las estaciones y sobre todo las estaciones en sí mismas guardan el aire de construcciones hechas para siempre. Por ejemplo, en contraste con los andenes caraqueños que están completamente libres de obstaculos, en los de la Línea A se pueden ver las columnas de acero que sostienen el túnel desde hace más de un siglo.

Uno de los vagones históricos. Foto: Ariel Cruz.

Las estaciones están decoradas con frescos y cuadros de época. Las restauraciones que se han hecho a los túneles, andenes y estaciones han sido muy respetuosas del carácter retro que reina en la mayor parte de la red. Los carteles originales de las estaciones fueron restaurados y pueden verse en las paredes de los andenes.

Además, hay otras curiosidades, como los restos arqueológicos (fósiles de gliptodonte) encontrados durante la excavación de la Línea B. El Subte es, en sí mismo, un lugar de interés turístico. Me han hablado maravillas de la estación Constitución, que aún no visito, pero seguramente cuando lo haga formará parte de una nueva crónica.



Notas por el subsuelo.


La estación más cercana a mi casa y por consiguiente la primera que visité se llama Plaza Miserere, una de las 14 fundadoras. Por esa misma línea debía ir, en dirección a Plaza de Mayo, para verme con Pedro. Pero éste me avisó que no iba a poder estar en el lugar convenido y me pidió que le dejara las llaves con un compañero de oficina.

El ir fue muy rápido. Me llamó mucho la atención todo el aspecto antiguo de los trenes y pasillos, la casi total ausencia de escaleras mecánicas, y en general, el contraste entre la estética de hace décadas y la tecnología de los trenes chinos y la adaptación de los torniquetes (muchos con barreras de madera) y el sistema electrónico SUBE, con la que se pagan todos los pasajes del transporte público en Buenos Aires.

Abundan los músicos subterráneos. Foto: UBA.

Salí del tren y, muy cerca de los torniquetes, a los que acá llaman molinetes, topé con un par de chicos que tenían montada toda una parafernalia en el andén: atriles, partituras, guitarras, micrófonos, parales y altavoces amplificados. Los chicos cantaban muy bien. Me quedé escuchando un rato y caí en cuenta de que movilizar todo ese aparataje no era fácil. En caso de que la policía o la vigilancia del Subte los echara, iban a tardar lo suyo en salir de ahí, de modo que tenían que tener un permiso o algo así.


Al final de una canción, les pregunté si tenían una licencia para tocar en pleno andén. Quería saber si estaba regulada la actividad musical en el Subte (recordar que soy músico e hipotéticamente puedo recoger unos cuantos pesos entre joropos y merengues), y uno de ellos me respondió:

- Mirá, sí, para tocar en los andenes tenés que tener un permiso. Te inscribís en la dirección tal...

- ¿Y para tocar dentro de los trenes también?

- No necesitás licencia, te montás a hacer lo tuyo, igual te van a cagaaar, te van a perseguir de vagón en vagón, pero es así, chabón, igual se labura…

Les di la gracias y salí contento. Quizá algunos porteños comiencen a conocer joropos, merengues y tamunangues...

Entregué las llaves y al regreso entré la misma estación Perú (o eso creía yo), muy amplia porque conecta con las líneas D y E. Por cierto, es curioso que entre las 14 estaciones fundacionales, una se llame Perú y otra Lima.

Entré por cualquier parte. Ahora que lo pienso, tal vez entré por una escalera de la Línea D o E, porque primero pasé por un andén que no era de la A, donde se escuchaba vagamente música instrumental con un saxofón solista. Tuve que recorrer parte del sistema de túneles que conecta a los pasajeros de las tres líneas, hasta dar con el andén celeste. En ese trayecto me encontre con la responsable de la música. No era Kenny G, sino una mujer en minifalda negra que soplaba como las diosas (al saxofón) y tocaba de maravilla. Su arte inundaba los dos andenes y todos los túneles de pasajeros.

Los vagones actuales de la Línea A, de fabricación china.

Me metí en el vagón amarillo, pensando en las piernas, ¡perdón!, en las notas de la chica del saxofón, e hice el recorrido en sentido opuesto hasta llegar a Plaza Miserere. A la salida no sabía dónde estaba el norte o el sur, porque en esta ciudad no está el cerro Ávila (¡coño, qué falta hace!), sino que es plano por todos lados.

Tras reorientarme, volví al apartamento sin novedades, y pensando en dónde se puede ofrecer trova, o buena música venezolana, a los habitantes de la ciudad de la furia.

¡Nos vemos en la siguiente crónica!

02 junio 2017

Crónicas Argentinas - Volver al futuro



Espero que todos mis lectores hayan visto la genial saga de Volver al futuro (Back to the future), en la que Marty McFly (Michael J. Fox) y el “Doc” Emmet Brown (Christopher Lloyd) pasan por una serie de aventuras en poco más de 24 horas, o 30 años, o 100 años… según lo que haya vivido cada uno de ellos. 
 




En la segunda entrega (CUIDADO, ¡viene un spoiler de hace 30 años!), el malo de la película, Biff Tannen, se roba un libro con los resultados deportivos de 1950 al año 2000, se hace millonario y, cuando los viajeros del tiempo regresan a 1985, encuentran un mundo alternativo en el que reina el mal y Tannen es el máximo representante del poder.

Afortunadamente, los buenos aún tienen la máquina del tiempo y pueden deshacer lo hecho, para retomar la línea original del tiempo. Que dicho sea de paso, tampoco era la original, porque ellos habían modificado la historia en la primera peli. 

¡Ufff!, pido disculpas a todos los que aún no han visto la trilogía, se las estoy contando casi sin darme cuenta. 


Cualquier parecido con Petare es pura coincidencia.



En ese mundo maligno creado por Tannen se ha impuesto la ley del más fuerte. Todo el mundo está armado, y los que no, simplemente sobreviven.




Cosas que se añoran


Hace tres semanas que estamos en Buenos Aires. Ya sabemos buscar direcciones de nuestra cuenta, vamos y regresamos sin mayores inconvenientes, resolvemos el día a día. Hacemos mercado para la semana, presupuestamos, planificamos y vamos tolerando mejor el frío.

Estamos en una zona “peligrosa” de la ciudad, dicen todos. Que no nos descuidemos, que se reportaron 6 mil arrebatos de celulares el año pasado, que también matan gente, que pasan cosas feas y, sobre todo, que Buenos Aires es una cosa y el resto del país es otra muy distinta. O sea, que en Argentina ocurre lo contrario que en Venezuela: la capital es menos peligrosa que la provincia.


Claro que un recién llegado no está en condiciones de refutar o apoyar nada de lo que dicen, pero hacemos algunos ejercicios de observación.

Kiosko: el vendedor suele estar detrás del mostrador circular.
Los kioskos tienen la mercancía expuesta, sin vitrina, para que la gente pueda servirse libremente. No hemos visto a nadie tomar un chocolate e irse de la tienda sin pagar.

Los conductores no cierran las ventanas cuando se les acerca un motorizado. No se ha instalado el miedo al asalto, mucho menos con armas de fuego. De hecho, los compañeros argentinos con los que hemos conversado el tema se quedan perplejos cuando les explicamos los métodos que se ven a diario en Venezuela.

Los negocios más pequeños cierran a las 9 de la noche. Los restaurantes abren hasta las 3 de la mañana: el argentino tiene una vida nocturna muy activa y es común que te inviten a comer a las 11 de la noche, sin demasiado drama.
La gente no guarda sus celulares al entrar en la línea A del Subte (el metro de Buenos Aires se llama Subte) y por el contrario, aprovecha la señal de wifi que es gratuita en las estaciones. En los túneles no hay señal. 


El Subte tiene 8 líneas y funciona hasta las 11:00 p.m.



La tapa del frasco la pone una anécdota correspondiente al concierto que ofreció el trovador venezolano José Delgado en Hasta Trilce, un teatro ubicado a seis cuadras de casa. Lo primero que nos llamó la atención fue que el concierto estaba convocado para las 11 de la noche. En Caracas suelen comenzar a las 7 u 8. Al descubrir la ubicación del teatro, decidimos ir a pie y llegar un poco más temprano, así que nos dio tiempo de consumir dos litros de cerveza antes de que comenzara el recital.

Al culminar, nos quedamos hablando con José y con Andrea (quien regenta la programación del teatro), y entre una cosa y la otra se nos hicieron las tres de la mañana. La avenida Hipólito Yrigoyen debía llevarnos hasta la casa, pero habíamos olvidado la sensación de caminar por una ciudad a esa hora.

Salimos y afrontamos el frío, así como un vago temor de que las calles estuvieran desiertas. Pero adivinen… ¡NO!, para nada estaban desiertas. Había ciclistas, personas que salían de otros locales y se incorporaban a sus propias rutas. En alguna esquina vimos a dos indigentes que conversaban muy animados y obviamente estaban alcoholizados o drogados. Natasha apretó mi mano, asustada. Yo no soy Superman, así que entré en alerta. En esa misma esquina, un taxi se detuvo porque el semáforo estaba en rojo.

Entonces me escuché decir, en tono tranquilizador:

- Cariño, no hay nada qué temer. Mira que hay dos indigentes en la esquina y un taxi se detiene en el semáforo a las tres de la mañana. Eso no pasa en Caracas. Esta gente no tiene miedo de pararse en la esquina.

Ella solamente asintió y sentí cómo se relajaba.


Ayer nos dimos cuenta de que en las últimas tres semanas no hemos escuchado ninguna detonación de armas de fuego. Es extraño notar esas cosas.
Este conjunto de cosas nos indica que hay una sociedad que aún no conoce la violencia típica de ciudades como Caracas, México, Río de Janeiro o Sao Paulo, por nombrar algunas.

A pesar de ello, los compañeros insisten en que las cosas están complicadas. La verdad es que para nosotros es difícil verlo, porque venimos del mundo de Tannen. Tanto ella como yo llegamos a disfrutar de una Caracas mucho más humana que la de hoy, y esas realidades se añoran.



Un deja vu permanente

En estas tres semanas en Buenos Aires, Natasha y yo hemos tenido la impresión de haber viajado al pasado en más de una ocasión. Aquí, la avenida Santa Fe, ya lo hemos dicho antes, nos recuerda a la caraqueña avenida Urdaneta, sólo que en los años 80. La avenida Rivadavia, que está a una cuadra de la casa, nos recuerda permanentemente a la avenida Universidad, pero en los noventa. 


Nos recuerda a la avenida Universidad, hace 25 años.

El comportamiento de la gente también se parece al del venezolano de hace 20 o 25 años, cuando la cultura y la jerga carcelaria del “beta, el mamaguevismo, el causa” y sobre todo la pésima costumbre de no dar o devolver los buenos días aún no se habían instalado en la sociedad.

Es tremendo encontrar en la conducta de la sociedad bonaerense el respeto a las leyes de tránsito, la costumbre de saludar y sonreir. En este tiempo nos hemos montado en dos carros privados, y las dos veces nos han tocado controles de tránsito. El trato de los agentes a los ciudadanos es impecable: 

- BUENAS NOCHES, señor (a), estamos realizando una operación de revisión de tal cosa, POR FAVOR, encienda las balizas (luces intermitentes). SEA TAN AMABLE de facilitarme su licencia de conducir, el carnet de circulación y el seguro del auto…


Las dos veces que nos ha tocado han sido amables.



La comparación con un policía de tránsito en Venezuela es bastante absurda. Todos sabemos que el lenguaje corporal y verbal de uno de esos personajes en nuestros país es agresivo, y también sabemos que ese personaje puede sobornarse si nos falta algún documento.

Hace unos meses salíamos de casa cuando topamos con un control policial. Nos hicieron señas de detenernos y antes de terminar de pararnos ya nos habían metido mano para verificar si teníamos armas de fuego. El diálogo fue más o menos así:

-¡Cédula y licencia!

- Buenas noches, oficial. Le agradeceré que me trate con respeto, soy un ciudadano-, esto mientras sacaba los papeles solicitados.

- Bueno, dame los papeles...

El hombre se alejó, le entregó los papeles a un compañero que pidió alguna información por radio (o hizo el ademán). Tras un rato de espera, le dio los papeles al primero, quien a su vez me los entregó, diciendo: "esta vez te salvaste".

Uno no desea otra cosa que salir de ahí, por eso calla y se va, pero ¿de qué coño me salvé? ¿soy sospechoso de algo? ¿a estos tipos cuando niños su mamá no los quería y ahora de adultos viven repartiendo bofetá, es la cosa?.

En algún momento nos perdimos el respeto como ciudadanos; permitimos que los más fuertes nos pasaran por encima, que se impusiera una suerte de “sálvese quien pueda”, y ahora corregir es muy cuesta arriba. Esas cosas nos causan dolor: uno se pregunta qué nos pasó; ¿en qué momento los venezolanos dejamos de querernos como conciudadanos?.

Lo que nos está pasando a Natasha y a mí en Buenos Aires es que, a pesar del frío, que es desconocido en nuestras latitudes, nos da la impresión de haber viajado, no a Argentina, sino a Venezuela, pero la de los ‘80 o ‘90, cuando caminar por las calles no era un acto de temeridad… y fe. Somos McFly y el “Doc” de nuestra propia historia.



Por supuesto, ni el país, ni la gente, ni esta sociedad son perfectas. A veces vemos en gente que bota la basura a la calle, gente que cruza la calle aunque no le toque la luz del semáforo, gente que irrespeta la ley y la convivencia ciudadana, y entonces sentimos un adelanto del otro dolor. Provoca darles un palmetazo en la coronilla y decirles “no hagas eso, imbécil, que vas a joder al país”, pero sería demasiado pedirles que lo entiendan.

Al fin y al cabo, no son visitantes del futuro como nosotros. ¡Hasta la próxima!

 
Eduardo Parra Istúriz | Diseñado por Techtrends | © 2007-2008 Derechos reservados