Crónicas Argentinas - Volver al futuro



Espero que todos mis lectores hayan visto la genial saga de Volver al futuro (Back to the future), en la que Marty McFly (Michael J. Fox) y el “Doc” Emmet Brown (Christopher Lloyd) pasan por una serie de aventuras en poco más de 24 horas, o 30 años, o 100 años… según lo que haya vivido cada uno de ellos. 
 




En la segunda entrega (CUIDADO, ¡viene un spoiler de hace 30 años!), el malo de la película, Biff Tannen, se roba un libro con los resultados deportivos de 1950 al año 2000, se hace millonario y, cuando los viajeros del tiempo regresan a 1985, encuentran un mundo alternativo en el que reina el mal y Tannen es el máximo representante del poder.

Afortunadamente, los buenos aún tienen la máquina del tiempo y pueden deshacer lo hecho, para retomar la línea original del tiempo. Que dicho sea de paso, tampoco era la original, porque ellos habían modificado la historia en la primera peli. 

¡Ufff!, pido disculpas a todos los que aún no han visto la trilogía, se las estoy contando casi sin darme cuenta. 


Cualquier parecido con Petare es pura coincidencia.



En ese mundo maligno creado por Tannen se ha impuesto la ley del más fuerte. Todo el mundo está armado, y los que no, simplemente sobreviven.




Cosas que se añoran


Hace tres semanas que estamos en Buenos Aires. Ya sabemos buscar direcciones de nuestra cuenta, vamos y regresamos sin mayores inconvenientes, resolvemos el día a día. Hacemos mercado para la semana, presupuestamos, planificamos y vamos tolerando mejor el frío.

Estamos en una zona “peligrosa” de la ciudad, dicen todos. Que no nos descuidemos, que se reportaron 6 mil arrebatos de celulares el año pasado, que también matan gente, que pasan cosas feas y, sobre todo, que Buenos Aires es una cosa y el resto del país es otra muy distinta. O sea, que en Argentina ocurre lo contrario que en Venezuela: la capital es menos peligrosa que la provincia.


Claro que un recién llegado no está en condiciones de refutar o apoyar nada de lo que dicen, pero hacemos algunos ejercicios de observación.

Kiosko: el vendedor suele estar detrás del mostrador circular.
Los kioskos tienen la mercancía expuesta, sin vitrina, para que la gente pueda servirse libremente. No hemos visto a nadie tomar un chocolate e irse de la tienda sin pagar.

Los conductores no cierran las ventanas cuando se les acerca un motorizado. No se ha instalado el miedo al asalto, mucho menos con armas de fuego. De hecho, los compañeros argentinos con los que hemos conversado el tema se quedan perplejos cuando les explicamos los métodos que se ven a diario en Venezuela.

Los negocios más pequeños cierran a las 9 de la noche. Los restaurantes abren hasta las 3 de la mañana: el argentino tiene una vida nocturna muy activa y es común que te inviten a comer a las 11 de la noche, sin demasiado drama.
La gente no guarda sus celulares al entrar en la línea A del Subte (el metro de Buenos Aires se llama Subte) y por el contrario, aprovecha la señal de wifi que es gratuita en las estaciones. En los túneles no hay señal. 


El Subte tiene 8 líneas y funciona hasta las 11:00 p.m.



La tapa del frasco la pone una anécdota correspondiente al concierto que ofreció el trovador venezolano José Delgado en Hasta Trilce, un teatro ubicado a seis cuadras de casa. Lo primero que nos llamó la atención fue que el concierto estaba convocado para las 11 de la noche. En Caracas suelen comenzar a las 7 u 8. Al descubrir la ubicación del teatro, decidimos ir a pie y llegar un poco más temprano, así que nos dio tiempo de consumir dos litros de cerveza antes de que comenzara el recital.

Al culminar, nos quedamos hablando con José y con Andrea (quien regenta la programación del teatro), y entre una cosa y la otra se nos hicieron las tres de la mañana. La avenida Hipólito Yrigoyen debía llevarnos hasta la casa, pero habíamos olvidado la sensación de caminar por una ciudad a esa hora.

Salimos y afrontamos el frío, así como un vago temor de que las calles estuvieran desiertas. Pero adivinen… ¡NO!, para nada estaban desiertas. Había ciclistas, personas que salían de otros locales y se incorporaban a sus propias rutas. En alguna esquina vimos a dos indigentes que conversaban muy animados y obviamente estaban alcoholizados o drogados. Natasha apretó mi mano, asustada. Yo no soy Superman, así que entré en alerta. En esa misma esquina, un taxi se detuvo porque el semáforo estaba en rojo.

Entonces me escuché decir, en tono tranquilizador:

- Cariño, no hay nada qué temer. Mira que hay dos indigentes en la esquina y un taxi se detiene en el semáforo a las tres de la mañana. Eso no pasa en Caracas. Esta gente no tiene miedo de pararse en la esquina.

Ella solamente asintió y sentí cómo se relajaba.


Ayer nos dimos cuenta de que en las últimas tres semanas no hemos escuchado ninguna detonación de armas de fuego. Es extraño notar esas cosas.
Este conjunto de cosas nos indica que hay una sociedad que aún no conoce la violencia típica de ciudades como Caracas, México, Río de Janeiro o Sao Paulo, por nombrar algunas.

A pesar de ello, los compañeros insisten en que las cosas están complicadas. La verdad es que para nosotros es difícil verlo, porque venimos del mundo de Tannen. Tanto ella como yo llegamos a disfrutar de una Caracas mucho más humana que la de hoy, y esas realidades se añoran.



Un deja vu permanente

En estas tres semanas en Buenos Aires, Natasha y yo hemos tenido la impresión de haber viajado al pasado en más de una ocasión. Aquí, la avenida Santa Fe, ya lo hemos dicho antes, nos recuerda a la caraqueña avenida Urdaneta, sólo que en los años 80. La avenida Rivadavia, que está a una cuadra de la casa, nos recuerda permanentemente a la avenida Universidad, pero en los noventa. 


Nos recuerda a la avenida Universidad, hace 25 años.

El comportamiento de la gente también se parece al del venezolano de hace 20 o 25 años, cuando la cultura y la jerga carcelaria del “beta, el mamaguevismo, el causa” y sobre todo la pésima costumbre de no dar o devolver los buenos días aún no se habían instalado en la sociedad.

Es tremendo encontrar en la conducta de la sociedad bonaerense el respeto a las leyes de tránsito, la costumbre de saludar y sonreir. En este tiempo nos hemos montado en dos carros privados, y las dos veces nos han tocado controles de tránsito. El trato de los agentes a los ciudadanos es impecable: 

- BUENAS NOCHES, señor (a), estamos realizando una operación de revisión de tal cosa, POR FAVOR, encienda las balizas (luces intermitentes). SEA TAN AMABLE de facilitarme su licencia de conducir, el carnet de circulación y el seguro del auto…


Las dos veces que nos ha tocado han sido amables.



La comparación con un policía de tránsito en Venezuela es bastante absurda. Todos sabemos que el lenguaje corporal y verbal de uno de esos personajes en nuestros país es agresivo, y también sabemos que ese personaje puede sobornarse si nos falta algún documento.

Hace unos meses salíamos de casa cuando topamos con un control policial. Nos hicieron señas de detenernos y antes de terminar de pararnos ya nos habían metido mano para verificar si teníamos armas de fuego. El diálogo fue más o menos así:

-¡Cédula y licencia!

- Buenas noches, oficial. Le agradeceré que me trate con respeto, soy un ciudadano-, esto mientras sacaba los papeles solicitados.

- Bueno, dame los papeles...

El hombre se alejó, le entregó los papeles a un compañero que pidió alguna información por radio (o hizo el ademán). Tras un rato de espera, le dio los papeles al primero, quien a su vez me los entregó, diciendo: "esta vez te salvaste".

Uno no desea otra cosa que salir de ahí, por eso calla y se va, pero ¿de qué coño me salvé? ¿soy sospechoso de algo? ¿a estos tipos cuando niños su mamá no los quería y ahora de adultos viven repartiendo bofetá, es la cosa?.

En algún momento nos perdimos el respeto como ciudadanos; permitimos que los más fuertes nos pasaran por encima, que se impusiera una suerte de “sálvese quien pueda”, y ahora corregir es muy cuesta arriba. Esas cosas nos causan dolor: uno se pregunta qué nos pasó; ¿en qué momento los venezolanos dejamos de querernos como conciudadanos?.

Lo que nos está pasando a Natasha y a mí en Buenos Aires es que, a pesar del frío, que es desconocido en nuestras latitudes, nos da la impresión de haber viajado, no a Argentina, sino a Venezuela, pero la de los ‘80 o ‘90, cuando caminar por las calles no era un acto de temeridad… y fe. Somos McFly y el “Doc” de nuestra propia historia.



Por supuesto, ni el país, ni la gente, ni esta sociedad son perfectas. A veces vemos en gente que bota la basura a la calle, gente que cruza la calle aunque no le toque la luz del semáforo, gente que irrespeta la ley y la convivencia ciudadana, y entonces sentimos un adelanto del otro dolor. Provoca darles un palmetazo en la coronilla y decirles “no hagas eso, imbécil, que vas a joder al país”, pero sería demasiado pedirles que lo entiendan.

Al fin y al cabo, no son visitantes del futuro como nosotros. ¡Hasta la próxima!

Comentarios

Francisco Palm dijo…
Te deseo lo mejor siempre Eduardo, pero creo que exageras un poco con tu luna de miel bonaerense, o puede ser que Caracas ha desmejorado tanto...

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